Thème Agrégation
Interne 2018
Dès qu’il entra dans le salon, en
costume trois pièces, tiré à quatre épingles, petit, le cheveu court poivre et
sel taillé en brosse, la moustache chaplinesque, Alphonse Burgaud s’avança main
tendue vers son visiteur et le reconnut. Il y avait un peu plus de deux ans
maintenant, le ciel était gris comme il sied à un jour de Toussaint, et le
tailleur accompagnait au cimetière de Random sa fille Marthe qui venait se
recueillir sur la tombe de son premier-né, un éphémère petit Jean-Clair. Comme
il remontait l’allée latérale au bras de sa fille, il avait remarqué ce grand
jeune homme à lunettes qui soutenait son père effondré devant une sépulture
fleurie. À l’abondance de fleurs on devinait la proximité du drame et à l’accablement
de cet homme l’ampleur de son chagrin. Un an plus tard, dans ce même pèlerinage
du souvenir, le grand jeune homme était seul. Sa haute silhouette s’inclinait
au-dessus de la tombe des siens, comme s’il se préparait à s’y étendre. Emporté
par la puissance de son chagrin, le père effondré n’avait pas tardé à rejoindre
son épouse sous la dalle de granit gris, témoignant par son empressement d’une
troublante fidélité dont il semblait exclure celui qui avait été pourtant l’incarnation
de cet amour. Et celui-là, le fils abandonné, balançait à son tour à la pensée
de les retrouver, de reprendre entre père et mère la place chaude de l’enfant
prodigue qu’il avait été – prodigue de la vie dans cette succession de
naissances avortées. C’est alors qu’Alphonse Burgaud avait assisté à une sorte
de sauvetage : une petite dame aux cheveux blancs, toute vêtue de noir,
trottinant la tête dans les épaules – sa tante, et la plus formidable
institutrice de Loire-Inférieure, aux dires de Marthe -, se portait à la
hauteur du jeune désespéré, le tirait par le manteau, l’arrachait à ce pouvoir
hypnotique de la pierre couchée et, après avoir emporté sa décision, remontait
en sa compagnie l’allée centrale du cimetière vers la sortie.
Jean Rouaud, Des hommes illustres, Les éditions de
Minuit, 1993.
Proposición de Traducción:
7 commentaires:
Desde que entró en el salón, vestido con un traje de chaqueta de tres piezas, de punta en blanco, pequeño, el cabello entrecano cortado a cepillo, el bigote chaplinesco, Alphonse Burgaud caminó con la mano extendida hacia su visitante y lo distinguió. Ahora hacía poco más de dos años, el cielo estaba gris como conviene en un día de Todos los Santos, y el sastre acompañaba al cementerio de Random a su hija Marthe que venía a visitar la tumba de su primogénito, un efímero pequeño Jean-Clair. Cuando subía de nuevo la avenida lateral del brazo de su hija, le había llamado la atención aquel joven alto con gafas que sostenía a su padre desmoronado delante de una sepultura florida. Por la abundancia de flores se adivinaba la proximidad del drama y por el decaimiento de aquel hombre el alcance de su sufrimiento. Un año más tarde, en aquella misma peregrinación del recuerdo, el joven alto estaba solo. Su elevada silueta se inclinaba sobre la tumba de los suyos, como si se preparara para prosternarse allí. Llevado por la fuerza de su sufrimiento, el padre abatido no había tardado en reunirse con su esposa bajo la losa de granito gris, testimoniando con su presteza una turbadora fidelidad de la que parecía excluir a aquel que había sido, sin embargo, la encarnación de aquel amor. Y ese, el hijo abandonado, consideraba a su vez la idea de reencontrarlos, retomar entre padre y madre el lugar cálido del hijo pródigo que había sido – pródigo de la vida en esta sucesión de nacimientos abortados. Fue entonces cuando Alphonse Burgaud había asistido a une especie de rescate: una señora pequeña con los cabellos blancos, vestida por enero de negro, caminando con la cabeza sobre los hombros – su tía, y la más formidable institutriz del Bajo Loira, según Marthe-, se había colocado a la altura del joven desesperado, había halado de su abrigo, lo había arrancado de ese poder hipnótico de la sepultura y, tras haber impuesto su decisión, volvía a subir en su compañía la avenida central del cementerio hacia la salida.
En cuanto entró al salón, con un traje de tres piezas, hecho un pincel, bajo, con el pelo canoso cortado a lo pincho, con el bigote chaplinesco, Alphonse Burgaud se acercó con la mano extendida hacia su visitante y lo reconoció. Hacía ahora un poco más de dos años, el cielo estaba gris como es habitual en un día de Todos los Santos y el sastre acompañaba al cementerio de Random a su hija Marthe que venía a recogerse en la tumba de son primogénito, un efímero pequeño Jean-Clair. En el momento en que subía la senda lateral del brazo de su hija, se había fijado en aquel muchacho alto de gafas que sostenía a su padre, destrozado ante una sepultura llena de flores. Por la abundancia de flores se adivinaba la proximidad del drama y por la aflicción de aquel hombre, la amplitud de su tristeza. Un año más tarde, en ese mismo peregrinaje del recuerdo, el alto muchacho estaba solo. Su larga figura se inclinaba encima de la tumba de los suyos, como si se preparara para tenderse en ella. Empujado por la potencia de su tristeza, el padre destrozado no había tardado en juntarse con su esposa bajo la losa de ganito gris, dando muestra, con su prisa, de una fidelidad asombrosa de la que parecía excluir al que había sido, sin embargo, la encarnación de ese amor. Y aquel, el hijo abandonado, vacilaba a su vez pensando en volver a encontrarse con ellos, en volver a tomar entre padre y madre el sitio cálido del hijo pródigo que había sido – pródigo de la vida en aquella sucesión de nacimientos abortados. Fue entonces cuando Alphonse Burgaud había asistido a una especie de rescate : une pequeña señora de pelo blanco, enteramente vestida de negro, andando al trote con la cabeza metida entre los hombros – su tía y la maestra más formidable de Loire-Inférieure, según Marthe -, llegaba a la altura del joven desesperado, le tiraba del abrigo, lo arrancaba de aquel poder hipnótico de la piedra tumbada y, después de haber impuesto su decisión, remontaba con él la senda central del cementerio hacia la salida.
Dès qu’il entra dans le salon, en costume trois pièces, tiré à quatre épingles, petit, le cheveu court poivre et sel taillé en brosse, la moustache chaplinesque, Alphonse Burgaud s’avança main tendue vers son visiteur et le reconnut.
Tan pronto como entró al salón, en traje de tres piezas, de punta en blanco, petizo, el pelo entrecano a cepillo, el bigote chaplinesco, Alphonse Burgaud avanzó con la mano extendida hacia su visitante y lo reconoció. Hacía ahora un poco más de dos años, el cielo estaba gris como corresponde a un día de Todos los Santos y el sastre acompañaba al cementerio de Random a su hija Marthe que venía a visitar la tumba de son primogénito, un efímero pequeño Jean-Clair.
Comme il remontait l’allée latérale au bras de sa fille, il avait remarqué ce grand jeune homme à lunettes qui soutenait son père effondré devant une sépulture fleurie. À l’abondance de fleurs on devinait la proximité du drame et à l’accablement de cet homme l’ampleur de son chagrin.
Como remontaba la senda lateral del brazo de su hija, se había fijado en aquel muchacho alto de gafas que sostenía a su padre, derrumbado ante una sepultura llena de flores. Por la abundancia de flores se adivinaba la cercanía del drama y por el abatimiento de aquel hombre, la profundidad de su sufrimiento.
Un an plus tard, dans ce même pèlerinage du souvenir, le grand jeune homme était seul. Sa haute silhouette s’inclinait au-dessus de la tombe des siens, comme s’il se préparait à s’y étendre. Emporté par la puissance de son chagrin, le père effondré n’avait pas tardé à rejoindre son épouse sous la dalle de granit gris, témoignant par son empressement d’une troublante fidélité dont il semblait exclure celui qui avait été pourtant l’incarnation de cet amour.
Un año más tarde, en ese mismo peregrinaje del recuerdo, el alto muchacho estaba solo. Su larga figura se inclinaba encima de la tumba de los suyos, como si se preparara para tenderse sobre ella. Arrastrado por la fuerza de su tristeza, el padre derrumbado no había tardado en unirse a su esposa bajo la losa de granito gris, prisa que daba muestra de una fidelidad perturbadora de la que parecía excluir al que sin embargo había sido la encarnación de ese amor.
Et celui-là, le fils abandonné, balançait à son tour à la pensée de les retrouver, de reprendre entre père et mère la place chaude de l’enfant prodigue qu’il avait été – prodigue de la vie dans cette succession de naissances avortées. C’est alors qu’Alphonse Burgaud avait assisté à une sorte de sauvetage : une petite dame aux cheveux blancs, toute vêtue de noir, trottinant la tête dans les épaules – sa tante, et la plus formidable institutrice de Loire-Inférieure, aux dires de Marthe -, se portait à la hauteur du jeune désespéré, le tirait par le manteau, l’arrachait à ce pouvoir hypnotique de la pierre couchée et, après avoir emporté sa décision, remontait en sa compagnie l’allée centrale du cimetière vers la sortie.
Y aquel, el hijo abandonado, vacilaba a su vez pensando en volver a encontrarse con ellos, en volver a ocupar entre padre y madre el sitio cálido del hijo pródigo que había sido –pródigo de la vida en aquella sucesión de nacimientos abortados. Fue entonces cuando Alphonse Burgaud había asistido a una suerte de rescate: une señora bajita de pelo blanco, toda de negro vestida, al trotecito con la cabeza entre los hombros –su tía, y la maestra más formidable de Loire-Inférieure, según Marthe–, llegaba a la altura del joven desesperado, lo tironeaba del abrigo, lo arrancaba de aquel poder hipnótico de la piedra tumbada y, después de haber impuesto su decisión, remontaba con él la alameda central del cementerio hacia la salida.
Je ne comprends pas la traduction des imparfaits à la fin du texte. L’imparfait doit exprimer normalement la durée, le commencement d’une action, la continuité, la proximité dans le futur ou la proximité dans le passé. En tout cas, il est un temps imperfectif. Mais dans le texte, il est utilisé avec un aspect perfectif, ce sont des actions ponctuelles…C’est pour cela que j’ai choisi le plus-que-parfait, parce que ce temps-là exprime une action perfective… Mais j’avoue que je n’ai pas bien compris ces imparfaits. C’est peut-être parce que dans le discours le narrateur introduit un souvenir et alors il décrit les évènements dans le passé ??
Oui, c'est parce que c'est une description.
ATTENTION à ne pas changer les temps verbaux, sauf des cas rares et acceptés, par exemple un gérondif par un imparfait indiquant la durée, ou un passé simple par un p-q-p.
Ma version au propre. Après réflexion, nous avions un CS vers la fin. Je vous laisse juge. ;-)
Tan pronto como entró al salón, en traje de tres piezas, de punta en blanco, petizo, el pelo entrecano a cepillo, el bigote chaplinesco, Alphonse Burgaud avanzó con la mano extendida hacia su visitante y lo reconoció. Hacía ya poco más de dos años, el cielo estaba gris como corresponde a un día de Todos los Santos y el sastre acompañaba al cementerio de Random a su hija Marthe que venía a visitar la tumba de su primogénito, un efímero Jean-Clair pequeño. Como remontaba la senda lateral del brazo de su hija, se había fijado en aquel muchacho alto, de gafas, que sostenía a su padre derrumbado ante una sepultura llena de flores. Por la abundancia de las flores se adivinaba la cercanía del drama y por el abatimiento de aquel hombre, la profundidad de su sufrimiento. Un año más tarde, en ese mismo peregrinaje del recuerdo, el muchacho alto estaba solo. Su larga figura se inclinaba encima de la tumba de los suyos, como si se preparara a tenderse sobre ella. Arrastrado por la fuerza de su tristeza, el padre derrumbado no había tardado en unirse a su esposa bajo la losa de granito gris, prisa que daba muestra de una fidelidad perturbadora de la que parecía excluir al que, sin embargo, había sido la encarnación de ese amor. Y aquel, el hijo abandonado, vacilaba a su vez ante la idea de volver a reunirse con ellos, en volver a ocupar entre padre y madre el sitio cálido del hijo pródigo que había sido –pródigo de la vida en aquella sucesión de nacimientos abortados. Fue entonces cuando Alphonse Burgaud había asistido a una suerte de rescate: une señora bajita de pelo blanco, toda de negro vestida, al trotecito con la cabeza entre los hombros –su tía, y la maestra más formidable de Loire-Inférieure, según Marthe–, llegaba a la altura del joven desesperado, lo tironeaba del abrigo, lo arrancaba de aquel poder hipnótico de la piedra tumbada y, después de lograr que se decidiera, remontaba con él la alameda central del cementerio hacia la salida.
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